Sobre el libro
En los últimos veinte años del siglo XVII vivía una pobre y enferma campesina, una pastorcita cuyo rostro y nombre apenas eran conocidos por los habitantes de su pueblo. Permaneció en la tierra unos veintidós años, murió y parecía haber sido olvidada. Al cabo de cuarenta años, un milagro revivió su memoria, justo cuando la generación que la había visto estaba a punto de desaparecer, y desde entonces los años, que se llevan tantos recuerdos, no han hecho sino fortalecer y consagrar el suyo. Hoy, después de dos siglos y medio, brilla con gloria inmortal y penetra en lugares donde tantos hombres ilustres, cuyas hazañas llenaron el mundo, nunca serán nombrados…
Germana amaba y servía a Dios; éste es el misterio de su resplandor póstumo, tan duradero y resplandeciente. Cuando, sola en un campo remoto, hilaba su rueca con su rebaño, ignoraba ciertamente incluso hasta el nombre de la gloria humana. Rezaba, imploraba la gracia de cumplir los deberes de su estado, guardaba su corazón contra el pecado: Dios contaba sus sacrificios. Miró con amor a esta alma pura, que se propuso como único fin seguir su ley, y que la cumplió humildemente con actos de heroica virtud. Le dio la gloria del cielo que había pedido y para coronar su humildad quiso añadir la gloria de este mundo, en la que no había pensado (Introd.).