Sobre el libro
"La santidad de Teresa es el ápice de toda una estirpe en busca de la perfección. La herencia le transmite, junto con el fuego espiritual y el instinto caballeresco que brillan en los ojos paternos, el equilibrio perfecto, la solidez del juicio y la sabiduría nunca defraudada que caracterizan a la Sra. Martin y que serán tan necesarias para la «Doctora» del caminito de la infancia.
Llegada en noveno lugar a un hogar ya visitado muchas veces por la prueba, encuentra allí el espíritu de abnegación y el sentido del sacrificio, la educación completa lo recibido por nacimiento. Para afinar este perfil moral, se da como una admirable confluencia: todos se empeñan con entusiasmo. La madre lo hace con precisión de pinceladas, firmeza de trazo y sabia utilización de las fuerzas afectivas, de modo que Teresa, más tarde, no tendrá más que inspirarse en ella para convertirse en una maestra de novicias insuperable. El padre instruye a su «Reina» en los secretos de la unión con Dios. Pauline guía su infancia antes de orientar su vuelo hacia el claustro. Marie prepara con respeto a la primera comulgante, calma las angustias de la adolescente y despierta las confidencias de la joven monja. Léonie la provoca hacia la generosidad extrema cuando, en plena crisis vocacional, la llama en su auxilio espiritual. Céline comparte sus ímpetus de amor y, deseosa también de inmolación total, cede en todo para permitir su ingreso al Carmelo a los quince años. Incluso los cuatro pequeños difuntos la ayudan con sus sufragios, desatando la crisis de escrúpulos que desde hacía tiempo la atormentaba. Las lecciones del Breviario traducen la exacta realidad cuando, al exaltar la heroicidad de sus virtudes, asocian al elogio a toda la familia en cuyo seno floreció su alma.
¿Nos hemos de extrañar, pues, que encontremos en la doctrina de nuestra santa, sintetizados, profundizados y madurados por la contemplación interior, los principios que regían la conducta del hogar?...
La que había de revelarnos el «ascetismo de la pequeñez» experimentó la dulzura de ser en casa la novena, la última, la benjamina. Sin mimarla en exceso, la colmaban, la devoraban a besos, acudían en auxilio de su fragilidad, se enternecían ante su gracia menuda. Sintió con agudeza el prestigio de tal debilidad. La lección no se perdió. Trasladada al plano sobrenatural, le enseñó a reconocer su impotencia y a amar su nada...
Para abrirse a la confianza, no tuvo más que llevar al infinito, en el Corazón del Padre Celestial, lo que leía de bondad en el corazón de sus padres...
El Sr. Martin era para ella la encarnación viva de la condescendencia. De él esperaba todo: perdón, apoyo, impulso. Saboreaba con deleite el abrigo de sus caricias. Si tal era la ternura de un hombre, ¿qué será la caridad sin límites de Aquel de quien Tertuliano decía: «Nadie es tan Padre»?...
De esta confianza sin límites, el abandono es el fruto espontáneo... se veía de nuevo al pie de la escalera, esforzándose en vano por subir el primer peldaño o frente al columpio, donde anhelaba sentarse rápidamente. El padre y la madre, acudiendo a su llamado, se conmovían ante su esfuerzo y, tomándola en brazos, la hacían franquear de un salto el obstáculo. ¡Qué felicidad ser tan pequeña para ser así objeto de tanta solicitud!...
No exige más que una cosa a cambio de esta intervención decisiva: que el pequeñito ponga toda su ingeniosidad en agradarle. No se trata de buscar sacrificios eminentes, de montar en sueños heroicos ni de agotarse en penitencias...
El realismo cristiano que iluminaba de divino los tranquilos días de su infancia impregnará después, para elevarla hasta el heroísmo, su existencia de carmelita. Fue en el seno de la familia donde se formó su capacidad para hacer de modo extraordinario las cosas más ordinarias... La Historia de un alma constituye realmente un documento de carácter familiar".