Sobre el libro
"¿No habremos emprendido un camino que conducirá inevitablemente a la ruina del mundo, a la última guerra, al famoso Armagedón del que habla el Apocalipsis y, desde hace algunas semanas, incluso nuestros escritores y periodistas?
Pero este conflicto final no tendrá lugar sin la participación directa de un pueblo: el pueblo de la Biblia.
Israel debe desempeñar un papel protagonista en los tiempos de tribulación, que parece que pronto comenzarán. Pero no será la única en cuestión: a su derecha, a su izquierda, a su alrededor están las NACIONES, los pueblos, tantas veces enfrentados a él a lo largo de los siglos, que han tratado de absorberlo sin conseguirlo, de aniquilarlo sin lograrlo, de relegarlo a la obscuridad y al olvido, sin impedir jamás que resurgiera. El misterio de los judíos, dispersos por el mundo, que desde hace cuarenta años intentan reagruparse en Palestina y recuperar su autonomía nacional, es un enigma para los que piensan, como lo es para los que, por espíritu de sistema, al amparo de la política, económica o social, a veces los rechazan y a veces los ponen en las nubes.
Pero hay más: Israel es un enigma en sí mismo. Muy a menudo, el israelita ya no sabe si sigue siendo judío o ciudadano del país donde nació, creció y ocupó su posición social. En Francia, muchos judíos sólo quieren ser franceses; se desinteresan por completo del gran movimiento sionista de reunificación nacional en la Tierra de Israel...
Creemos, sin embargo, y nos dejamos instruir por la Biblia, que el judío, por la singularidad de su historia, va más allá del concepto de «patria». Es del tamaño del mundo. En virtud de su verdadera vocación, trasciende las fronteras, y por eso es el elemento tradicional y permanente de toda Internacional, así como de toda comunidad de Estados.
Sin embargo, el judío, suponiendo que se ajuste al tipo ideal que acabamos de describir, es decir, despojado de sus defectos –y tiene muchos– y haciendo uso de sus grandes cualidades –y también tiene muchas, no las menos importantes–, no podrá cumplir la misión a la que ha sido llamado si antes no se «transforma» espiritualmente.
Ahora bien, sabemos por experiencia personal que, para ser transformados, necesitamos la prueba y el sufrimiento, combinados con el poder renovador del Espíritu de Dios. Ciertamente, Israel siempre ha conocido el sufrimiento; ha sido su compañero a lo largo de los siglos. Pero la profecía anuncia, en términos perfectamente claros y precisos, que debe pasar por el crisol de la Tribulación, de la persecución del Anticristo, para lograr la «conversión» nacional –no sólo religiosa, sino moral y social– a fin de ser, en la edad venidera, el nuevo Israel de la paz, la justicia y la reconciliación" (Prólogo).